Simetría

Apenas me quedaban unas pocas horas antes del regreso y decidí emplearlas haciendo un poco de turismo. Durante toda la semana había bordeado el Monasterio de El Escorial decenas de veces en mi camino del hotel a las salas de conferencias, aunque en ninguna ocasión había mirado más allá de lo que sólo me habían parecido unos toscos sillares de granito aburridos y monótonos. Antes de visitar el interior del monumento, decidí contemplar el conjunto desde una de las alturas próximas. Era temprano, el calor aún no arreciaba y el aire claro y fresco de la mañana invitaba a caminar.
Unos minutos más tarde, desde el cerro del Emperador, el maravilloso edificio se asomó a mis ojos en su grandiosidad; la sensación de bienestar que comenzó a fluir por mi interior me arrebató del mundo. No sé cuánto tiempo permanecí extasiado ante la majestuosa imagen de aquellas líneas rectas que se fugaban hacia el infinito del inmenso cielo madrileño, sólo recuerdo que bajé corriendo hasta la explanada y me arrodillé sobre sus losas rotas, aún jadeante por el esfuerzo físico pero sobre todo por la emoción. El ruido del tráfico, el griterío de los grupos de turistas, los zureos de algunas palomas insaciables y resabiadas se disolvieron ante la coherencia y racionalidad del perfil del Monasterio recortado sobre los montes. En una ocasión había leído algo sobre los constructores de las catedrales españolas, sobre la aversión de los artesanos ibéricos a la simetría. Era cierto, ninguna catedral en España era tan grácil, equilibrada y tranquilizadora como el edificio ante el que me hallaba. Las catedrales españolas eran abigarradas, nerviosas, caóticas, ruidosas, histéricas, rebosantes de improvisación; en definitiva, como el propio país. Les faltaba la simétrica perfección que se postulaba en aquella maravilla.
Delante del Monasterio medité sobre ese pequeño dios que fue Herrera, sobre los benditos Austrias que nos trajeron su amor germánico por las proporciones lógicas y exactas; recordé a Velázquez, el dios mayor de aquella corte celestial de artistas, y con él se me vinieron a la mente los enanos de Las Meninas. Rememoré sus estampas de contrahechos y deformes y, como una cosa lleva a la otra, después de muchos años se me vino a la cabeza la imagen de Cosme, un antiguo compañero de escuela.
Fue allí, arrodillado, ajeno a todo lo que no fuera aquel despliegue de racionalidad, donde descubrí que era precisamente el ansia de simetría la que me había amargado durante tantos años; mis lágrimas distorsionaban aquellas líneas cargadas de sabiduría y ciencia cuando comprendí que Cosme y su ojo fueron los que me habían arrebatado la paz tanto tiempo atrás. Era en la falta de simetría donde se encontraba la causa del desasosiego que imperaba en mi existencia, de mi continua desazón, de mi obsesión compulsiva por el orden, de mi vida social tan desierta y simétrica como el símbolo del conjunto vacío.
Cosme era tuerto y zurdo, ambas terribles y angustiosas imperfecciones resumidas en un solo ser humano, ambas repugnantes asimetrías encastradas en un mismo cuerpo. Cosme dominaba con su imagen absurda todos los escenarios en los que nos movíamos en el colegio. Había algo perverso en mi interior que a pesar de la repulsión que me producía, me obligaba a observarle de continuo; aquel niño se convirtió en mi obsesión sin darme cuenta de ello, más aún cuando a él se asoció la estampa de Verónica. Verónica, rubita, de ojos verdes y nariz respingona… Verónica, siempre cogida de la mano zurda de Cosme… Verónica, siempre ignorante de mi presencia… Jamás entendí como una niña tan perfecta como ella podía estar tan encaprichada de alguien tan anormal como aquel ser tuerto y zurdo. Las líneas rectas de El Escorial me iluminaron, allí tomé conciencia de que había sido el ojo ciego de Cosme, ese paradigma blancuzco y gelatinoso de la asimetría, el que me traumatizó. Aquel globo atravesado de grietas grisáceas que siempre miraba fijo me quitó el sueño durante muchas noches. Observarle en clase escribiendo al contrario que todos los demás niños mientras contorsionaba el cuello de una manera inverosímil para así poder apuntar con su ojo bueno, me atraía con esa fascinación que tiene lo espantoso; verle guiñar con el ojo bueno me causaba escalofríos.
Algo se rompió dentro de mi cabeza la tarde que los encontré a él y a Verónica sentados muy juntos en un banco del parque, la mano absurda de Cosme sobre la espalda de ella, los ojos de mi amor hundiéndose en la repugnante mucosidad del ojo podrido de Cosme, sus labios fundidos en un beso. Esa tarde tuvieron que ingresarme en el hospital. Mi madre siempre me contó que después de aquella súbita enfermedad me convertí en un niño introvertido y misántropo, sin amiguitos. De hecho no volví a tener amigos hasta que llegué a la facultad, y aún entonces me los inventaba las más de las veces para que mi pobre madre no se intranquilizara ante mi soledad. La simetría de El Escorial me hizo comprender que desde entonces nadie ni nada habían vuelto a ser lo suficientemente simétricos para mí. Yo tampoco; por eso dejé de mirarme en los espejos; por eso me peiné con la raya al medio, para ganarle unas pulgadas a la perfección, hasta que me quedé calvo y, así, fui aún más imperfecto.
Enfrente del Monasterio entendí que la paz sólo llegaría a mi vida si encontraba de nuevo a Cosme y él recuperaba su simetría. Allí mismo, al pie de la rectitud terapéutica de la monarquía de los Austrias, en una pequeña tienda de menaje adquirí un picahielo, el mágico utensilio con el que podría restituir en Cosme la simetría que la naturaleza no supo darle.
Ya de vuelta en mi pluscuampatético apartamento de Lavapiés, empecé la búsqueda de Cosme con un artilugio sencillo, una herramienta que utilizan todos los detectives del siglo XXI al iniciar una investigación. Entré en Google y tecleé: Cosme Izquierdo. No recordaba su segundo apellido así que, cansado de apuntar en mi libreta posibles hilos de los que tirar en las veinte primeras coincidencias, restringí la búsqueda. Tecleé: Colegio Salesianos Lavapiés. Aparecieron varias páginas que utilizaban los adolescentes para quedar, intercambiar apuntes o decirse marranadas. Así hasta la coincidencia número veintiséis. Hablaba de un grupo en Facebook formado por antiguos alumnos del Colegio de Primaria de los Padres Salesianos de Lavapiés. Desde luego consideré este hallazgo como un resquicio que merecía la pena investigar e inmediatamente me registré en Facebook y solicité que me agregaran en el grupo de la promoción del 79, la mía y, por supuesto, la de Cosme. Fue arriesgado, puesto que, dadas mis intenciones, no podía dar mi nombre ni el de Cosme, así que empleé el de Verónica. Por suerte Verónica Arenaza no estaba registrada en Facebook, así que dando una dirección y un nombre falsos conseguí entrar. Lo primero que hice fue buscar un Cosme entre los miembros pero no hubo tanta suerte. No obstante, lo que había conseguido en una noche en apenas tres horas de internet me dejó satisfecho. Antes de dormirme pensé en Verónica, adolescente y risueña, y acabé masturbándome.
Esa noche tuve pesadillas en las que una turba de babosas reptaba sobre un ojo gigantesco, inerte y putrefacto. Sus formas viscosas dejaban un rastro de babas incrustado en la córnea amarillenta y pestilente. Luego, los nauseabundos parásitos hurgaban la córnea hasta poblar las venas oculares y llegar a la retina, que se convertía en un nido infernal de flemas y moluscos. La mañana siguiente, después de vomitar el desayuno, fui a afilar el picahielo.
Las cosas en Facebook no fueron tan fáciles como aquella noche yo había supuesto. Todos los miembros me agregaron a su perfil pero también empezaron a hacer preguntas. Por suerte, al teclear en Google: Verónica Arenaza, aparecieron ante mí varios datos muy reveladores. Presidenta de la Sociedad Española de Arquitectura, Vocal del Consejo de Administración de Sidenor, Profesora Asociada de la Facultad de Geología. Con esos datos, una entrevista publicada en la Revista de Obras Públicas y una biografía que encontré colgada en la página del Colegio de Arquitectos, pude inventarme una vida electrónica creíble para Verónica. Entretanto iba recopilando fotografías suyas en las que no podía evitar imaginármela con su edad actual pero vestida de colegiala. Durante el trascurso de la investigación mis erecciones fueron múltiples y vigorosas.
El grupo de antiguos alumnos de mi clase era simpático. Estaban totalmente enganchados a una serie de televisión que iba de algo que pasaba en una isla, les encantaba el fútbol en todas sus formas, alardeaban de ganar siempre al Trivial, incluso leían… En fin, raros pero buena gente. Yo intentaba llevar los temas de conversación a nuestros años de colegio y nombraba a antiguos compañeros con la esperanza de que saliera a colación el nombre de Cosme, pero no había manera. Sus chats comentando los resultados de la liga de fútbol se me hacían insoportables y solía acabar mis noches descargándome fotos de Carla Bruni. Como yo en el mundo virtual de la red era Verónica, tuve varias fantasías sexuales en las que la Bruni y yo, con el cuerpo de Verónica, teníamos interminables sesiones de sexo lésbico. Disfruté tanto con ello que llegué a pensar que en realidad hay una mujer lesbiana alojada en mis adentros.
Cansado de la simpleza del grupo de Facebook, un día, sin venir demasiado a cuento, les espeté en un mensaje: “¿Y Cosme Izquierdo? ¿Alguno sabéis que ha sido de Cosme Izquierdo?” Varias respuestas fueron vagas. Policarpo, el que fuera el listillo de la clase, se atrevió a contestarme: “¿Pero no estuvo saliendo contigo? Tú tienes que saber de él más que nadie”. Finalmente, uno de ellos, al hacer memoria, me escribió diciéndome que creía que había sacado unas oposiciones a cartero. Suficiente. Los resultados de las oposiciones a Correos se publican en el BOE. Entré en www.boe.es y fui a la opción de búsqueda. Tecleé: Cosme Izquierdo y me llevó directamente a la lista de aprobados para funcionario de Correos que aparecía en la página 15.347 del BOE de 1998. Ateca. Cosme Izquierdo Ateca, sabía que su segundo apellido no era muy corriente. Este dato fue muy revelador. Simplemente con teclear en Google el nombre con sus dos apellidos me devolvió algunos datos jugosos. Farmacéutico, colegiado número 45.702. Perteneciente a un grupo literario denominado “La Tertulia de La Granja”. Expulsado de un campeonato de Trivial Pursuit por hacer trampas. Coleccionista de zapatos de mujer. También un tío raro, de otra forma no se explicaba que un farmacéutico hubiera acabado de cartero.
Estaba muy cerca de mi víctima. Acaricié el filo cortante del punzón del picahielo y entonces sent