Mitos de latón y terciopelo

Dedicado a H.P. Lovecraft y su círculo de amigos.

Junto Esparta y Troya en mi pensamiento y puedo apreciar el brillo latonado de las corazas y los escudos de sus guerreros bajo un cielo de límpido azul, su azul intenso se acerca al indigo. Un segundo después, se hace presente el Olimpo de sus plumas inmortales : Homero, Virgilio, Plutarco ... esos que con deleite y ardor frecuento cada poco. Tan grandiosos literatos cuya magnitud sólo tímidamente llego a vislumbrar con mi humilde aprecio. Y entonces aparece, entre el deleite estético de mi psique, la estrofa de Petrarca, brillante e imperecedera como si resonara a lo largo del tiempo pasado y futuro :

Si Virgilio y Homero hubieran visto
el sol que con mis propios ojos veo,
todo arte de su fama hicieran reo,
que hubieran de su estilo ambos provisto...

Quieto y callado contemplo al dios Mercurio en su esquina solar sobre el tráfico de la gran urbe. Tan sólo recordar que venía paseando por la Gran Vía ataviado con mi traje príncipe de Gales y mi camisa corbatera, ambos gris confederado, complementados por mi recién estrenado bombín y mi paraguas de mango de cabeza de galgo tallado en madera noble, hasta nacer este instante en que silabeo silenciosamente la estrofa de Petrarca.
El Broncíneo Caballero es visible a lo lejos y aunque todavía me da la espalda sé que cruzaremos nuestras miradas – quizá como los duelistas en la películas de John Ford – una vez haya rendido tributo y cumplimentado mi ritual más acendrado del cortado, el anís y el tabaco liado por dos o tres ocasiones. Sé que puedo predecir el éxtasis poco antes del instante dorado.
Las palomas con su gru-gru se solazan en el espacio que media entre el Caballero y yo mientras voy recordando. En fogonazos veo la cueva oscura que se esconde bajo el letrero “El bául de latón”, y se me hace bien presente el tiempo que pasé hoy allí, la tarde toda dilapidada. Tiempo fértil en el que, aprovechando el aislamiento, he indagado largo y tendido. El librero, personaje de confianza por demás, me concede prebendas que sólo puedo achacar a mi porte y a mis altos intereses literarios. Es claro que entre él y yo hay una sintonía que no puedo agradecer sino a la Providencia; que este hombre versado en libros me deje un rincón de su establecimiento para que, alumbrado por un flexo, consulte las obras que más me fascinan. Últimamente reconozco que estoy obsesionado por los asuntos preternaturales y ciertas noches el insomnio me domina y me descuadra. Justamente, hace un rato estuve leyendo algunos volúmenes que mi magro sueldo de oficinista no me permite adquirir. Un tomito titulado “Necronomicón” de Abdul Alhazred fue el plato fuerte de la tarde. Anduve chapoteando por sus páginas con verdadero placer descubriendo una serie de dioses míticos que no conocía como Nagoob, Yog-Soggoth, Cthulhu y tantos otros que todavía no habitan en mi pensamiento. Es un mundo intenso y nuevo para mí. El librero, no de muy buena gana, me ha dejado hojear el caro y antiguo tomo con la condición de tratarlo con sumo mimo. Es sobrecogedora la cantidad de seres y dioses que, sin pecar de herejía, podemos decir que nos rodean. También había, en una oscura vitrina bajo llave, un rancio tomo que me tiene obsesionado y escrito por un conocido investigador llamado Von Junzt. El surtido de esta vitrina es fenomenal y calculo si tendré tiempo a las tardes, cuando vengo de la oficina antes de pasar por el café, para leer y husmear en ese mundo tan desconocido. Dudo de si el librero se cansará algún día y me echará con cajas destempladas por consumir tanta luz y cosechar tanta información y disfrute sin apoquinar un real. Siento, por otra parte, vergüenza pero esta atracción singular es más fuerte que mi voluntad. Es como un gran juego en el que ya estuviera inmerso y del que no pudiera evadirme. Carmen la cigarrera, algunas tardes, se mustia hasta el olvido al verme fumando caldo tan pensativo y fugitivo de todo, mirando hacia el infinito del otro lado del cristal sin admirar ni sus carnes tan bien formadas ni sus lustrosas pantorrillas.
Reconozco que es una obsesión y un sinvivir. Otra cosa no sabré pero en ser sincero conmigo mismo no me duelen prendas. Porque ya estoy cansado de los diarios y sus noticias pesimistas y de la palabrería huera de los políticos y sé a ciencia cierta que lo único que me puede colmar es la sabiduría, que es difícil de encontrar pero, según el Libro, quien pronto la buscare hallará la recompensa a la puerta de su casa. Para descanso mío y como haciendo juego con el naranjazul de la tarde que ya se apaga, Carmen me ilumina con su mirada nada más traspasar la puerta giratoria del segundo hogar del oficinista más taciturno de la Villa. El trajín del café es mucho más chillón que otras tardes pasadas. El alboroto creciente puede deberse a que la cafetera ha perdido afinación y a que, sobre todo, hay grupos de improvisados tertulianos, apasionados en el verbo, discutiendo argumentos de tono político. La imagen del café es ahora, tras la niebla del humo de los cigarrillos, un cuadro costumbrista de tonos mates y ocres blasonado en las paredes por los sombreros de los comerciantes de Unamuno, la luz lechosa de los plafones y la indumentaria impecablemente blanca de los camareros.
– Buenas don Miguel – saluda Cotidio con su calor habitual.
– Muy buenas ¿cómo va la industria?
– Fenomenal, don Miguel. Hoy colgamos el cartel de completo. He conseguido parar a las muchedumbres y su escaño lo tiene vacío como es de ley.
– Gracias, Cotidio. Me prodigas un trato preferencial y ésto es un grandísimo honor para mí.
– ¿Será lo del siempre?
– Sí, Cotidio, un completo. El fumeque lo pongo yo.
Mi mesa, que está bajo una mortecina luz gracias a su posición esquinada y un poco a salvo de la luz de los grandes plafones que coronan las paredes del establecimiento, tiene hoy un extraño huésped. Es el periódico. Mientras dejo mi bombín en el reposasombreros de latón me sorprende un hecho que hacía mucho tiempo no se daba. Bueno, pienso que si los hados han dejado “La Gaceta del Norte” en mi escaño significa que debo leerlo. Y con una especie de premonición siento que hay algo que debo leer : alguna necrológica, una reseña literaria, cierta noticia sobre un escritor, no sé algo habrá porque no frecuentando de forma habitual los diarios, ésto es todo un síntoma.
Hete aquí que en un rincón perdido del noticioso había una pequeña reseña sobre un suceso en la población cercana de Basauri, más concretamente en la iglesia negra de San Miguel. La víspera habían sido oídos extraños ruidos en su interior. El párroco perjuraba que allí no había nadie salvo las imágenes de yeso y madera; después del rosario, el sacristán había cerrado las puertas como todos los días y había dejado la luz del misterio prendida. Los vecinos de casas colindantes llamaron al alguacil y este pobre hombre, al personarse en el templo, pudo contemplar un espectáculo como de brujería. El interior de la iglesia se había iluminado con una luz verdosa (de origen desconocido) durante unos minutos desparramándose ésta por todas las ventanas del edificio. Voces guturales que se expresaban en una extraña lengua habían sido claramente escuchadas por el propio alguacil y algunos parroquianos que se habían acercado al tumulto. Tras el parón del espectáculo sobrenatural, el alguacil había revisado con su linterna todas las dependencias del templo incluso esas tan sagradas que están vedadas a los cristianos de a pie.
Los ojos y el gesto pasmado de don Miguel eran ajenos en estos momentos al mundo : el sonido estridente de la cafetera fabricando cafés sin descanso – un poco más afinado cada vez – como una locomotora del salvaje oeste; el murmullo monocorde de las tertulias de los comerciantes, los pequeños intelectuales y poetastros de la Villa; los camareros con Cotidio a la cabeza, actuando de jefe de ceremonias, cantando los mandados ... la atracción hacia ese mundo, anticipado por las lecturas, pleno de efectos sobrenaturales, hacia el mundo de los mitos de Cthulhu. Ah, el dios Cthulhu qué lejos y qué cerca a un tiempo.
Unas gotas de sudor perlaron sus sienes. Apuró el anisete y dio una última calada al ya amorfo resto del liado. Fue rápido a por su sombrero y tomó el bastón que se hacía más necesario que nunca pues cierto desfallecimiento interior le afectaba de una extraña manera. Casi sin prestar atención a la lozana cigarrera, salió con prisas hacia la Estación del Norte bajo la atenta mirada del Broncíneo Caballero don Diego, quien se distraía hasta ese momento observando las muchedumbres en su ir y venir por la Plaza Circular. Entre el hervidero de gentes que con o sin metas claras por allí pacían y se santiguaban, se abrió paso don Miguel hasta conseguir franquear la monumental entrada de la estación. La mirada del Caballero siguió el caminar de don Miguel que no se volvió en ningún momento, lo que denotaba algo extraño en su comportamiento. Tras subir la escalinata de acceso a los andenes con el resuello entrecortado, como si algo le acuciase en su psique, tomó el billete con destino a Basauri. El sol todavía no se había echado a dormir y alumbraba los andenes con su fuego incandescente y horizontal. El tren con destino a Orduña soltó una fuerte ventosidad para liberar sus conductos antes de partir; el jefe de estación con su mostacho estilo prusiano y su gorra azul marino tocó el silbato justo un poco antes de que don Miguel tomara asiento y recuperara el resuello y la compostura. Recobró el pulso y su aliento, todavía preso de una preocupación extraña como si una llamada desde otro mundo le obligara a dejarlo todo para acudir a la iglesia que el diario mencionaba.
– Billete, por favor – le interrumpió el revisor mientras vivía ajeno al exterior, al mundo y a todo lo que le circundaba.
– Gracias – contestó el revisor ante brazo alargado de don Miguel con el billete pinzado entre sus dedos índice y corazón.
La tarde iba muriendo densa y lentamente desangrándose en vivos colores naranjas visibles por las ventanillas del tren. La incandescencia del sol ocultándose abría otras preocupaciones y senderos en el ánimo de las pequeñas criaturas llamadas hombres. Y don Miguel no era ajeno para nada a este destino por mucho que él quisiera evitarlo. Entonces, se detuvo la máquina en la cuarta estación de trayecto de nombre Abaroa Su Majestad, la más cercana a su destino, el barrio de San Miguel. Al lado izquierdo se extendían unos enormes prados verdes que morían en el río, todavía no colonizados por la industria siderúrgica futura. En el lado derecho de la vía, la barriada de San Miguel, nacida de forma espuria lejos del centro urbano, habitada por gentes modestas y encastrada entre las faldas de un escarpado monte y el río. A trasmano del centro urbano era menester andar una respetable distancia para llegar al pueblo de Basauri por las faldas del monte Malmasín que a veces se hacía en carros tirados por percherones.
Con una presión desconocida en su pecho, don Miguel subió el desnivel que media desde la trinchera del ferrocarril hasta la parte alta del barrio donde se encuentra la iglesia negra. El fuelle no le acompañaba y cuando finalmente pudo ver a tiro de piedra la oscura construcción, se animó pensando que el caminar se había acabado por el momento. Paró la marcha y pudo contemplar la torre pórtico construida en 1771 estandarte de la construcción gótico renacentista anterior que data del siglo XVI.
La puerta del templo estaba entornada; dentro no había iluminación salvo la de los cirios encendidos y la luz roja de la vela del sagrario. Pensó que hacía poco tiempo que acababan de salir los feligreses del último oficio. El párroco estaría en la sacristía vistiéndose de paisano. Don Miguel pegó un respingo cuando se oyó el eco de un perro ladrando más arriba cerca del camino a Arrigorriaga. La atracción que sentía por entrar era sobrehumana; era una sensación inexplicable, preternatural, irracional e insoslayable. Le vino a la mente el suelto del periódico. El silencio se hizo sepulcral en ese momento. Un rumor de voces comenzó a borbotear. Pensó en un principio que serían parroquianos que menudeaban por los alrededores. Pero el chasquido que era voz y murmullo al mismo tiempo comenzó con una letanía desconocida - aumentó el volumen paulatinamente - e intuyó, sin conocer la razón, se trataba de una oración al gran dios Cthulhu.
Entró después de un pequeño interregno resistiéndose a la atracción, a la subyugación de una fuerza tan poderosa. La luz verdosa había aparecido como en el suceso del periódico. Provenía del altar. Los cirios se habían apagado y las voces se habían intensificado. La voz principal, mezcla de chasquido húmedo superpuesto a un sonido gutural, se podía oír con claridad; repetía una y otra vez la misma letanía :

Ph'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn...

Don Miguel que no entendía nada pero que se había quedado sumido en la escucha, estaba al borde de la paranoia mítica. Cuando la voz pareció realmente enfadada, la puerta del templo se cerró de un gran estampido dejando sin escapatoria a don Miguel que del susto tiró el bastón; el sombrero voló animado por una corriente de aire repentina que subió al abrirse una extensa losa cercana al altar.
Un gran ser de imposibles facciones y vitriólicos ojos color verdoso salió de su escondrijo en los sótanos de la iglesia. Su aspecto era feroz y su mirada directa e hipnotizante. Un olor a humedad y sulfuros se esparció por el templo. Don Miguel había apoyado su espalda contra la pared y una mezcla de pánico y atracción lo tenía atenazado. No sabía si acercarse y postrarse a adorar al ser que pensaba sería el dios Cthulhu, o echar a correr al café La Granja y contar este pasmoso suceso que nadie que él conociera había vivido jamás. Finalmente, recobró su presencia de ánimo y no exento de tembleque se acercó temeroso al ser de la mirada y de los viscosos pliegues en sus carnes. Sus presumibles brazos, llenos de costras azulverdosas y acabados en unas enormes garras, se habían elevado por encima de su cabeza en una posición que exigía postrarse y no mirar mientras emergía completamente de su cubículo subterráneo. Cuando hubo acabado la maniobra y sin que la voz chasquido abandonara su letanía, la altura del ser espectral había llegado casi hasta el techo del edificio religioso (las vigas de madera rozaban su testa). Postrado don Miguel y mirando a hurtadillas al espectro, imploró clemencia. El dios Cthulhu parecía contrariado y la voz que murmuraba subió de tono. Un chillido llenó la cavidad religiosa. Perforó los oídos de don Miguel que ahora había empezado a sudar copiosamente. Pequeños y sordidos pajecillos de mezclas de vivos colores espectrales comenzaron a presentarse entrando por los confesionarios tomando posiciones delante del espectro. Sus risas tenebrosas parecían endiosar aún más a Cthulhu que ya estaba exigiendo el esperado sacrificio humano. Don Miguel, hincado de rodillas, parecía ahora auténticamente petrificado y se hubiera dejado devorar en aquel mismo instante sin articular palabra. La sangre se le había convertido en horchata y el pensamiento en una prolongación del que el gran espectro podía tener suponiéndole humano. Creyó que de un momento a otro se desmayaría.
El sacrificio parecía probable pues el espectro acercaba más y más su cabeza a la de don Miguel tanto que sus babas ya mojaban el cabello del oficinista más taciturno de la Villa. El dios Cthulhu o su más cercana manifestación en la tierra se diría que sonriera y sus pajecillos tenebrosos, sin orden alguna, hubieran adivinado que aquel pobre mortal arrodillado era el exvoto del sacrificio. El mundo de los mitos se había abierto paso al mundo de los seres de carne y hueso a través de esta pequeña iglesia negra enclavada cerca de Bilbao.
Repentinamente nació una luz blanca y cegadora que entró a través de los ventanales y las dos hojas de roble se abrieron con un nuevo estruendo. Las linternas de los humanos que voceaban fueron a clavarse en el enorme espectro que respondió deslizándose de nuevo a su guarida subterránea. Sonó un disparo intimidatorio que puso a los seres deformes, que actuaban de pajes, en movimiento de huida a sus confesionarios, a su salida segura al Sheol del subsuelo, del que nunca debieran haber salido :
– Alto ahí, espectro del averno – gritaba el jefe, un tal Arsenio Vigalondo, acompañado de otros tres polizontes grandes como armarios.
El espectro huía de los pobres mortales atemorizado, contrariado y babeante de deseo. Al deslizarse su gran cola por el agujero subterráneo, sonó un gran y asqueroso sonido rugosamente siseante. A don Miguel lo agarraron entre Arsenio y un subordinado, una vez que comprobaron que la huida del ser extraterrenal y sus abundantes pajes era cierta. No sabía que decir y se sentía avergonzado, cansado y roto, moralmente apaleado. El inspector miró hacia la puerta indicándole quienes habían venido a buscarlo : don Miguel, con lágrimas en los ojos y su cabellera verdosa, contempló encandilado, agradecido a su querida cigarrera y a Cotidio, cumplido y leal jefe de los camareros de La Granja. Caminó hacia ellos con los ojos turbios de lágrimas y su corazón derrotado, y entonces se dio cuenta de que la Providencia le había salvado de la Gorgona, de una muerte segura. Probablemente sabía mejor que nunca que había encontrado su lugar en el mundo.
– Hala, ahora a calmarse ... que ya ha pasado todo, don Miguel – le reconfortó el inspector Vigalondo.
Más tarde, en el carruaje policial con Carmen a un lado y Cotidio al otro, sin poder articular palabra, pensó en unos versos de Edmund Spenser y sintió una especie de paz celestial arrellanado en el asiento. Los versos en cuestión guardan la tumba del escritor Joseph Conrad y dicen así :

El sueño tras el esfuerzo
el puerto tras la tempestad
el reposo tras la guerra
la muerte tras la vida harto complacen...

NOTA: Esta es una historia apócrifa, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

El maestresala

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