Jaque a la Reina

 

Porque esta vida no es,

como probaros espero,

más que un difuso tablero

de complicado ajedrez.

Omar Jayam

 

–Su Eminencia me pone en un compromiso –suspiró doña Isabel, mirando al cardenal de soslayo.

–No más que los moros granadinos, y bien que vais saliendo airosa…

La reina no dijo nada. Situó la torre blanca junto al rey, fuera ya de peligro, y aprovechó el siguiente movimiento para protegerse con la dama. Las espadas estaban en todo lo alto. Dirigidos con tesón y una pizca de malicia, los peones avanzaban, se trababan, las figuras se plantaban en el frente de batalla; y en este juego de posiciones, intenciones y suspicacias, el cardenal Mendoza se manejaba como pez en el agua.

–No os enroquéis, mi señora –era un hombre resuelto, de fe y de espada, al que no le gustaba perder la iniciativa–. Don Cristóbal es un marino capaz, que sabrá llevar a buen puerto los pendones de Castilla.

La empresa de Colón estaba sobre el tablero. El cardenal se afanaba, atacaba sin tregua. Intentaba convencer a la reina para que financiara el proyecto de las Indias. Aventuró un peón, que perdió a las primeras de cambio; así y todo, cabalgaba a rienda suelta y no se daba por vencido. Don Pedro González de Mendoza, canciller mayor de Castilla y gran cardenal de España, no tenía tiempo para florituras. Encaraba a su oponente a campo abierto, sin circunloquios. Aguijaba lanza en ristre sin pensárselo dos veces. Sus figuras se lanzaban tras las líneas enemigas y, antes de ser abatidas, se sacudían a diestro y siniestro como una rata en un saco.

Un viejo músico de tez oscura, con rostro de pergamino, turbante y chilaba, rasgueaba las cuerdas de un laúd sentado al amor del fuego. Las pulsaba con delicadeza, con los ojos cerrados. Abría la boca y en sus coplillas se mezclaba el perfume de las rosas y los limoneros, la llamada a la oración del almuédano con el aroma del narciso y el incienso, el trazo infinito de la profesión de fe sarracena –la ilaha ila allah–, en alabastro blanco y rojo almagre, con la flor de la canela, el jazmín y el clavo. Su voz llenaba la estancia. Era triste y profunda, parecía deslizarse como un hilo de plata y acompasar el ir y venir de los camareros, sus vueltas y revueltas sobre las alfombras de intrincada geometría persa. Cuando la música cesaba, mientras el viejo paladeaba un sorbito de moscatel entre una canción y otra, podía sentirse el crepitar de los leños en la gran chimenea de mármol. Los sirvientes se apresuraban entonces. Atizaban el fuego, llenaban las copas vacías, ofrecían con sumisa deferencia alfajores y arropes, tortas de miel, higos, pasas, pistachos.

Don Pedro se acarició la barbilla, indeciso. Los caminos del Señor son inescrutables, pensaba. Su mirada, al recorrer el tablero, era la del zorro cuando ronda un gallinero. Se dio cuenta de que los costados estaban bien pertrechados y vigilados, a distancia de diagonal, por la dama blanca. Consideró despacio sus posibilidades, así como los distintos modos que tenía para cargar con sus tropas, y llegó a la conclusión de que sólo si insistía por el centro sería capaz de sortear las defensas de la reina y adentrarse sin mayores complicaciones en los dominios del rey.

–Dos Cristóbal, os lo puedo asegurar a fe de prelado y vasallo vuestro –dijo, moviendo el alfil–, es un varón de gran ánimo y esforzado. Las derrotas que ha trazado para surcar la mar Océana no las habían ideado ni los cartógrafos de más lustre.

El cardenal venía con la espada desnuda en la mano, igual que su bisabuelo en la batalla de Aljubarrota[1]. Picó espuelas de nuevo y, encomendándose a san Jorge, patrón de los caballeros, arremetió con la convicción de un ariete contra el cuerpo de peones.

–Su Majestad haría bien en recibirle –añadió, desplazando la torre por su columna–. Hablé con él por Pentecostés, si mal no recuerdo. Es un orador notable, como vos sabéis, y muy elocuente… ¡ejm! Me hizo pensar en el sermón de san Pedro, cuando se dirige a la muchedumbre y clama: «Hombres de Israel, oíd estas palabras: sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días de incertidumbre derramaré el Espíritu del Señor, y ellos profetizarán».

Se oyó de repente el rumor mal reprimido de una carcajada. A un lado de la estancia, sentadas en media docena de sillas y con las cabezas tan juntas que parecían cebollas, las damas de la reina cosían y parloteaban, tejían e hilvanaban sus hablillas, sus enredos y patrañas, entre risas deshilachadas. Doña Isabel se volvió hacia ellas y las contempló con el ceño fruncido. Durante un instante dio la impresión de que fuera a sermonearlas o, como poco, a censurar su conducta; pero pasó el rato, la reina apuntó algo en un cuadernillo que llevaba con aspecto de breviario –«Es vuestro turno», musitó, tras corregir la posición de un caballo–, y volvió a sumirse en el juego.

El cardenal no replicó, o al menos no lo hizo de inmediato.

–La vida de don Cristóbal… –comenzó a decir, aunque pronto se quedó sin ideas y con la frase a medias.

Se frotó los ojos, que ya volvían a llorarle. Si continuaba forzándolos de esa manera, no tardarían en arderle como ascuas. «La vida de don Cristóbal…», repetía en voz baja, casi para su coleto. Lo repitió un par de veces, mientras se estrujaba el pensamiento con la terca minuciosidad de la piedra de un molino. «La vida de don Cristóbal…», mascullaba, con voz ronca. Los rasgos se le afilaban a causa de la concentración y, más que hablar, parecía que estuviera masticando las palabras con las muelas. Don Pedro tamborileaba sobre la mesa, incapaz de reprimir la impaciencia. Tenía cierta ventaja posicional –al menos en apariencia– y conservaba mayor número de piezas. Las huestes de la reina, sin embargo, lejos de doblar la rodilla, habían sabido replegarse y hacerse fuertes alrededor de sus figuras. Sus peones se sucedían y reforzaban mutuamente, ocupaban buena parte del eje de la vanguardia y convertían la conquista de cada casilla en una lenta y penosa sucesión de escaramuzas.

El cardenal carraspeó.

–La vida de don Cristóbal… –volvió a comenzar, con tono inseguro–, ¡ejm!, tiene trazas, desde luego, y guarda alguna semejanza con la vida del profeta Jonás. La corte portuguesa lo tacha injustamente de f-fanático, en nuestra tierra se le niega el pan y la sal y él, a pesar de todo, porfía y no se rinde, como si… ¡ejm!, como si el Espíritu del Señor le hubiera revelado el itinerario hacia el Catay y las islas del Cipango.

Don Pedro modificó un tanto la disposición de sus líneas. La resistencia de las blancas se le estaba atragantando, y ya no sabía qué camino tomar para resolver sus jugadas. Podía alentar el valor de sus hombres, como había venido haciendo hasta ahora, o combinar los asaltos directos con algún tipo de trampa o de emboscada. A estas alturas, cada estrategia que empleaba le llevada de manera inexorable a una nueva encrucijada; las certezas raleaban, y en su lugar se multiplicaban y enraizaban con fuerza los matojos de dudas y la achicoria amarga. Se le ocurrió de momento ajustar el entramado del sitio; que los zapadores socavasen las defensas de la reina, y después ya se vería. El cardenal iba a mover, pero titubeó. Iba a decir algo sobre el marino genovés, pero se quedó como petrificado, con la boca entreabierta y la mano en el aire, igual que la mujer de Lot al volverse hacia Sodoma; y cuando por fin se decidió y avanzó una casilla, no tardó mucho en arrepentirse. Hubiera sido mejor, quizá… si hubiese intentando sortear los peones por… o acaso el caballo, ¡sí, claro, eso era!, ¿cómo podía no haberse dado cuenta? Don Pedro suspiró, contrariado. La cabeza le bullía como si fuese una olla y notaba un hormigueo que le trepaba por las piernas, camino del espinazo. Pensó en un mulo, un penco rucio y medio ciego, cosido a mataduras. El caballo, claro, se decía. El caballo era la clave –se arrellanó en el sillón lo mejor que pudo–. Y rumiaba aquellas palabras que le dejaban en la boca el sabor de las almendras rancias.

Repasó mentalmente el desarrollo del juego. Sus piezas habían espoleado desde el primer movimiento. Al paso, al trote, embrazando los escudos y cargando con las lanzas. Enseguida al galope, a tumba abierta. Lidiaban con las blancas, con las lorigas desgarradas y los yelmos abollados por los golpes. Aguijaban, los caballos porfiaban, piafaban, se revolvían, se encabritaban, las espadas chocaban con estrépito; y por el codo abajo, la sangre centelleaba. Mediada la partida, no obstante, al cardenal le ocurría lo que a los ermitaños que se retiraban al desierto para orar y mortificarse. Una cosa era el ideal –reflejado con poética elocuencia en martirologios y libros de horas– y otra, muy otra, la mezquina realidad de la carne.

Don Pedro levantó la cabeza e hizo una seña. Uno de sus criados se le acercó entonces a vivo paso. Traía entre las manos un almohadón de terciopelo azul, con el lema familiar –«Dar es señorío, Recibir es servidumbre»– bordado en letras de oro. Se detuvo entre reverencias, entre reverencias lo mullía y, antes de volver sobre sus pasos, se lo puso a su señor en la espalda, entre reverencias y con sumo tiento. Pero su señor no dijo nada. Apenas si le hacía caso. Bebía vino, un traguito, se humedecía los labios. ¿Qué hacer?, se repetía. Contemplaba el tablero, aquel arabesco blanco y negro, cada vez más complejo. Intentaba avanzar y se embarullaba. La fatiga le pisaba la nuca con sus pesados escarpes de acero. El cardenal cerró los ojos y se frotó las sienes. Tenía la impresión de que las piezas se movieran de un lugar a otro sin que nadie las tocara. Pensó en un mulo, un penco rucio y con anteojeras. Su dueño le muele los lomos con una vara de avellano. Le golpea en el pescuezo, en los ijares, tras las orejas. El mulo jadea. Sus dientes son romos como dados de hueso, negros y amarillos. Abre la boca y tose. La barriga se le infla, se le desinfla, las patas le temblequean, y una sangre espesa y cárdena le resbala por el belfo cada vez que respira. Don Pedro había presenciado la escena de manera fugaz, al llegar cabalgando junto a su padre. Mucho tiempo había pasado desde aquel día, más de cincuenta años; y sin embargo, el chasquido de los azotes, el resuello de la pobre bestia, que sangraba por los cuatro costados, o el gesto despiadado de su dueño, apretando los dientes y golpeando, golpeando, golpeando sin descanso, todo ello lo tenía grabado a fuego en la memoria, y era incapaz de olvidarlo. Recordaba el barranco del Alamín, a las afueras de Guadalajara; un páramo de tierra ocre y guijarros. Recordaba a lo lejos las ruinas de una ermita, la de san Telmo, incendiada tiempo atrás por un rayo. El cielo frío, turbio, color ceniza. Y recordaba sobre todo al dueño, un tipo astroso, mohíno, cargado de espaldas, un menestral o un quincallero, con un brazo tullido, el derecho, que le caía todo a lo largo del cuerpo. Que se volvió y los miró un instante, de medio lado, y se humilló levemente al reconocer al señor marqués con un de sus vástagos; y que en cuanto pasaron de largo y desaparecieron por la puerta de las murallas, siguió adelante con su faena.

El cardenal Mendoza dio un respingo. Acababa de oír, o creía haber sentido, el graznido de un cuervo. Escuchó con atención, y nada. El susurro de los criados al deslizarse con cuidado, el chisporroteo de las bujías, que ardían en sus candeleros, las risillas sofocadas de las damas. Poco más. Don Pedro respiró aliviado. Les tenía un miedo irracional a aquellas bestezuelas. A veces soñaba con ellas, con sus picos afilados, con el brillo frío de sus ojos; y despertaba de golpe, en medio de la noche, con un alarido a flor de labios y el corazón latiéndole en la garganta. El cardenal soñaba con el otro mundo cada vez con mayor frecuencia. Cerraba los ojos y veía el firmamento sobre la tierra durante el día de la Ira y el Juicio Final. Un san Miguel avejentado, desnudo y flácido, pesaba las almas de los hombres con gesto de indiferencia. A su alrededor, y para mitigar la espera, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis jugaban a las tabas y a los dados, o, por mejor decir, tronaban y se tiraban de las barbas. Jeremías daba un puñetazo en la mesa. «¡Fullero! –estallaba–, ¡hideput…!» Ananías le respondía dedicándole una higa. Un salterio pasaba volando por el aire; y entre votos a fray Dulcino e improperios, aquellos micos desdentados acababan apostándose las túnicas, las coronas y aun la salvación eterna. También los pecadores andaban a la greña. Se empujaban, se tiraban de las orejas, se hacían la zancadilla. La mayoría caía del platillo de la balanza no tanto por el peso de sus culpas como por su estupidez y su contumacia. Abajo, en el suelo, demonios con forma de sapo o cochinilla y esqueletos vestidos con hábitos frailunos aguardaban provistos con grandes mallas y señuelos para pájaros. Atrapaban al vuelo a los condenados, sus almas negras, como niños que cazan mariposas. Los cargaban de cadenas, los sujetaban con argollas bien ceñidas, para que no pudiese huir ninguno, y tiraban de ellos por el cauce de un río seco. Al final del camino había un pescado gigantesco, un rape, varado en tierra, con la cabeza ancha y aplastada, salpicada de espinas, y la boca tan abierta y oscura que más que una boca parecía una gruta. Allí arrojaban los diablos a los pobres pecadores, que se retorcían antes de hundirse en las simas del infierno, e imploraban clemencia dando gritos y llorando.

Contó dos, tres, cuatro… seis peones blancos. Cinco, si descontaba el que estaba a punto de entregar. Doña Isabel reflexionaba largamente, con las manos entrelazadas bajo la barbilla. El juego se había convertido en una urdimbre bien trenzada de embustes y añagazas, y no convenía precipitarse. Le pareció que el cardenal dudaba, que no acometía con el mismo empeño que antes. La reina levantaba la vista de cuando en cuando y observaba a su rival con disimulo. Escudriñaba sus facciones, aquella mueca de hastío, de busto de alabastro blanco, e intentaba leer en su rostro igual que leía en el tablero el devenir de las piezas.

Cinco peones, se dijo, mordiéndose el labio. Las torres, los caballos, el rey y la dama; y la partida que, poco y poco, se escoraba hacia las tablas, de la misma manera que lo hace un toro cuando siente que renquea y se le doblan las patas. La reina había seguido con atención las últimas jugadas, cada maniobra, cada error y cada táctica. Había perseverado con la paciencia de Penélope, y con su misma inteligencia, hasta descifrar el mecanismo de las negras. Ahora, si quería doblegar la voluntad de su adversario, no le quedaba más remedio que actuar en consecuencia. Dejar a un lado las prevenciones y buena parte de sus cautelas, y meterse en faena. Y tal y como lo pensó y lo vio claro, así lo hizo, pues no por nada corría por sus venas la sangre de los Borgoña, y en sus ojos, en el sesgo azul metálico de su mirada, siempre hubo quien dijo haber visto el desparpajo que hiciera célebre a la reina Catalina de Lancáster, su abuela paterna. Doña Isabel adelantó por la izquierda el caballo del rey, para emplearlo más tarde como cabeza de puente. La fortuna se alió con ella y, tras salir con ventaja de las primeras refriegas, consiguió completar el cerco de la torre negra, que no tardaría en caer más de tres movimientos.

–Os oigo elogiar a micer Cristóbal –dijo entonces, rompiendo el silencio– y dar pábulo a sus pretensiones, y me da por pensar en el país de Cucaña, donde hay quien dice, y su Eminencia lo habrá oído, que los montes son de queso y los ríos de vino, los lechones cuelgan de los árboles, gordos y en su jugo, y las casas, en lugar de adobe, son de bizcocho y membrillo.

El cardenal palideció. Estaba distraído contemplando el fuego de la chimenea, y el reproche de la reina le sorprendió como si le hubieran cogido en falta. Buscó la torre con insistencia. Pasó revista luego al resto de sus figuras, sobre todo a las más próximas. Abrió la boca para defenderse, pero justo cuando estaba a punto de mover, la reina volvió a tomar la iniciativa. Batió palmas –«¡Señoras! –exclamó–, ¡por favor, señoras!»– y se encaró con sus damas:

–Demos gracias a Dios –dijo– y a Nuestra Señora del Perpetuo Silencio por ser mesuradas a la hora de conducirnos, y no groseras e ignorantes, ni tampoco charlatanas, una de esas alcahuetas que deja a su ventura los quehaceres de la casa, se arremanga los faldones y sale a escape, doña Flor o doña Urraca, una de ellas, que corre de plaza en plaza, de corro en corro, que mete la cuchara en todos los cocidos; y no hay comadre a la que no visite, ni suegra ni madrastra, y jura, perjura, maldice, se tira de los pelos, se golpea en el pecho con el puño cerrado, la muy tunanta, y no es capaz de quedarse callada ni por pienso, ni aunque el cielo se abra sobre su cabeza y se le aparezca la Santísima Virgen sentada en un trono de rico oro y pedrerías, y rodeada por una cohorte de ángeles, arcángeles y los espíritus de los Bienaventurados, que entonan sin cesar el sanctus, sanctus, sanctus.

La reina hizo una pausa, que aprovechó para pedir otra copa. Hablaba con calma, doña Isabel, y muy suavemente, como era hábito en ella cuando lo que quería era hacerse entender. Escogía las palabras con prudencia, sólo las imprescindibles, y, al expresarse, lo hacía de la misma manera que jugaba al ajedrez, esto es, sin elevar la voz ni alterar el gesto. Sus damas, mientras tanto, la escuchaban en silencio, con las manos pudorosamente recogidas sobre el regazo. Las más jóvenes se habían ruborizado hasta la raíz del cabello. Tenían la vista clavada en el suelo. Y había alguna, y más de una, que hubiera dado de buena gana el mayorazgo de su hermano por conocer las artes mágicas del hada Morgana, convertirse en cucaracha y desaparecer por una grieta en aquel mismo instante.

–Que para bien decir, a mi juicio, no es menester dar un cuarto al pregonero, ni chillar a los cuatro vientos como si fuese día de mercado y repicasen al unísono todas las campanas de la iglesia de santa Bárbara.

Doña Isabel de Trastámara, reina de Castilla, de Aragón y de Sicilia, era una mujer de carácter, a veces autoritaria, que no dudaba lo más mínimo a la hora de imponerse a sus súbditos, ya fuera de grado o por fuerza. Los que la conocían y trataban a menudo, hombres probos y de buen juicio como el padre Hernando de Talavera, autor del opúsculo doctrinal ¿Por qué creer en Dios? Porque Dios lo manda, o quien habría de ceñirse andando el tiempo los hábitos de Gran Inquisidor, fray Tomás de Torquemada, se hacían lenguas del rigor casi ascético con el que se gobernaba, y elogiaban por encima de cualquier otra virtud la fortaleza de su espíritu. Cuando había que cabalgar, ella era la primera en apremiar a su montura. Partía de sus predios y se internaba por los puertos de la sierra, tanto si nevaba como si el sol caía a plomo. De León marchaba hacia Zamora, luego a Toro, a Tordesillas, y de aquí hasta Segovia pasando por Medina. No había empacho que no venciera, ni accidente en el camino que la obligara a detenerse. El rey Fernando reclamaba su presencia en la villa de Baza para levantar la moral de sus hombres, que comenzaban a impacientarse por la duración del asedio y la hostilidad de los musulmanes, y allá que iba ella, acompañada por sus damas y una tropa ligera.

Había veces, no obstante, en las que todo parecía confabularse en contra de los intereses de la corona. Disturbios, violencia, saqueos, los corsarios berberiscos, que ponían en peligro el comercio de la costa. El inquisidor Pedro Arbués había sido degollado por una banda de sicarios mientras rezaba en la catedral de Zaragoza, y en Barcelona la voracidad de las oligarquías locales, los mal llamados ciutadans honrats, amenazaba con dejar a las clases populares sin el panem nostrum quotidianum. Sobre la mesa se acumulaban despachos llegados de los cuatro puntos cardinales. Los había de Compostela y de Tarifa, de Tudela, en Navarra, e incluso de la lejana isla de La Palma, y la reina daba la impresión de estar más pálida y ojerosa que de costumbre. Sus consejeros, seriamente preocupados, apelaban a su buen juicio y le rogaban que delegara alguna de sus funciones o, en todo caso, que moderase su celo; a lo que ella esbozaba una media sonrisa y les contestaba que el Señor no la había puesto en el trono para holgar, y que la rueca no había sido hecha para una reina. Un ballestero, les ponía como ejemplo, en el campo de batalla, sólo tiene una oportunidad, una buena, de salir del pavés que lo protege y disparar contra su enemigo; y llegado el momento no pude dudar, no tienen tiempo, o desaparecerá engullido bajo los cascos de la caballería.

–¡Y hasta aquí de tanta algarabía!

Doña Isabel consultó su cuadernillo. Repasó algunas páginas, haciendo hincapié en las últimas anotaciones, que releía sin prisa y en voz baja, como si la partida no fuese con ella. Cuando acabó, miró al cardenal de hito en hito. «Hablemos de números, si os place», le propuso; y casi sin darle tiempo ni para alentar, cogió la dama con vehemencia, cruzó medio tablero en diagonal y fue a plantar sus reales en las mismas barbas del rey negro.

–Es la economía, mi señor don Pedro –suspiró entonces, encogiéndose de hombros–, y la flaqueza que acarrean los caudales de Castilla desde que hay guerra con Granada. Lo que hace que el empeño de vuestro navegante siga en el dique seco no es otra cosa que su elevado coste, tanto en hombres y bastimentos como en simples dineros.

Acertó a pasar mientras la reina hablaba una esclava mestiza, muy joven, esbelta como una gacela, que llevaba una bandeja con gajos de fruta en almíbar y pétalos de rosa, almojábanas de queso fresco y pastelillos de hojaldre rellenos de trufa. Su nombre era Aixa, pero desde que entró al servicio de don Pedro, todos la llamaban Juana.

–Lo recibimos en las cortes de Salamanca, a micer Cristóbal –la reina hizo un ademán para llamar a la esclava–, y no mucho después acudió a nuestro encuentro en Alcalá de Henares. Platicó muy de cierto sus razones, y debatió los fundamentos que traía con gente letrada y de seso.

La bandeja era de ébano con taracea de nácar, y tan surtida estaba que, más que una bandeja, parecía el zoco de los dulces de Damasco.

–Había maestros en el arte de la astronomía, cosmógrafos, cartógrafos, había gente de mar y capitanes, e incluso nos acompañó un grupo de mercaderes recién llegados de la Serenísima República. Y todos ellos escucharon con el mayor interés la relación que micer Cristóbal les fue haciendo de sus propósitos, vieron sus cálculos y sus diagramas, así como muchos otros papeles de los que traía bajo el brazo.

Los orejones de albaricoque tenían el aspecto de las alhajas orientales, piedras pulidas, menudas, y lo mismo podría decirse de los buñuelos sefardíes o los tocinillos de cielo, que las monjas de la Encarnación preparaban cada otoño para la casa de los Mendoza. No es pues, de extrañar, que a la reina le costara decidirse, y que se tomara su tiempo antes de escoger un racimo de zarzamoras.

Acto seguido, la esclava hizo una reverencia y se retiró llevándose la bandeja.

–Mucho se ha dicho sobre el asunto de las Indias en los últimos meses. Mucho he deliberado, creedme, y mucho y muy reciamente se han debatido los pros y los contras entre mis consejeros y los privados del reino. Y si bien es verdad que micer Cristóbal cuenta con acérrimos valedores, próceres y gentes de abolengo que le abrieron sus puertas cuando llegó a nuestras tierras en busca de amparo, no es menos cierto que varones hay en Castilla, y no son pocos, que toman sus juicios por burlas y cosas de embeleco, lo tratan de estrellero, o peor, de petulante, y me recuerdan a cada paso que ya la Junta de los Matemáticos desacreditó sus cálculos en la corte portuguesa, y que no por ventura los tachó de supercherías y fuegos fatuos.

El juego tocaba a su fin. Como en el caso de dos ejércitos o dos tigres salvajes que se buscan y se rehúyen, que se ocultan y desaparecen entre la espesura y las anfractuosidades del terreno, para luego aparecer de repente y lanzarse uno a la garganta del otro, la lucha se recrudecía por momentos, y cada enfrentamiento se libraba a cara de perro. Las blancas hostigaban al rey contrario desde la posición de la dama. Habían conseguido sacudirse el dominio de las negras y ahora avanzaban por los flancos con paso redoblado, formando columnas volantes y capturando piezas de camino.

–No seré yo, en todo caso, quien discuta el talento de vuestro navegante, pues doctores tiene la Iglesia, y basta con que uno diga arre para que el otro diga so.

Las negras, por su parte, intentaban reagruparse y recobrar la iniciativa; pero a doña Isabel no le temblaba el pulso. Hablaba y hablaba, y al cardenal apenas le dejaba meter baza.

–Lo que sí que deberíais saber, y no digo que su Eminencia no lo sepa, sino que parecéis ignorarlo, o que os conviene ignorarlo… –Hubo un rápido intercambio de posiciones. La reina entregó un peón en su retaguardia y, tras llevarse a la boca una mora bien negra y carnosa, y enseguida otra, tomó un sorbo de vino y le ganó a su rival el caballo que conservaba–. Catad, os decía, que mientras nosotros conversamos apaciblemente y nos solazamos junto a la lumbre, mientras bebemos y bromeamos y nos enzarzamos con los trebejos, mis vasallos más fieles están ahí fuera, entre la niebla y el cieno, encastillados en las riveras del Darro.

El cardenal apuntaló sus defensas lo mejor que pudo. Movió después el alfil hacia la dama blanca, que se le antojaba un tanto desguarnecida; y en la siguiente jugada tuvo que volver grupas a toda prisa para evitar el jaque.

–Vos sabéis lo que ha venido ocurriendo en estos reinos durante los últimos años, y no tendría ni que recordároslo. El hambre, las emboscadas, las marchas a paso ligero por los desfiladeros de las Alpujarras. Los milicianos de las peonadas concejiles caminando con la vista clavada en el suelo; estaban agotados, cubiertos de polvo, el calor durante buena parte del día resultaba insoportable. Los bueyes que cargaban con los mantenimientos se volvían locos por culpa de la sed y las picaduras de los tábanos, o eran arrastrados por los aluviones de los ríos al llegar la primavera. Las lluvias torrenciales anegaban los vados, los puentes se tronchaban, había inundaciones y corrimientos de tierra, y los carros, las bombardas, los ribadoquines, los ingenios para el asedio, se quedaban atascados e inútiles en medio de ningún sitio, y ahí mismo había que desmantelarlos. ¿Cuántas veces estuvimos a puntos de darnos por vencidos?, ¿cien veces?, ¿un millar? Eso sólo Nuestro Señor lo sabe. Lo único que yo puedo deciros es que apretamos los dientes, nos encomendamos al cielo y seguimos adelante. No bajamos los brazos cuando el traidor Muley Hacén nos ganó por la mano la fortaleza de Zahara, ni tampoco tras caer derrotados en los arrabales de Loja, donde tantos buenos donceles entregaron sus almas. Nos levantamos con braveza, grado a Dios, cada vez que nos derribaron. Nos ceñimos los correajes y el almófar, y volvimos a la carga. Combatimos duramente por cada palmo de terreno que les tomamos a los moros, y de esta guisa cayó Álora y cayó Ronda, y más tarde se rindieron Málaga, Almería, Mojácar.

Las blancas atravesaban una casilla tras otra. Lo hacían a punta de lanza, y tan rápido como les era posible, de la misma manera que lo hacían los ejércitos cristianos en su asalto a los últimos bastiones nazaríes. Doña Isabel movía a conciencia, intentando arrinconar a su adversario; sabía que tenía el triunfo al alcance de la mano, y no iba a dejar que nadie se lo arrebatara.

–Ahora mismo, mi señor don Pedro –continuó, y al hacerlo apuntó al cardenal con la pieza que acababa de coger del tablero, la torre del rey–, mis manos están en la guerra, igual que mis pensamientos. Granada es infiel todavía, y mal podría yo aventurar cientos y aun miles de ducados, por mucho que me pluguiera cruzar la mar Océana y llegar hasta las Indias, si en las arcas castellanas sólo hay para las tropas –La reina se comió otra mora, la última que le quedaba–, y ni un cuartillo más –apostilló, dando el tema por zanjado.

Fátima, esclava como su hermana pequeña Aixa y, como ella, ligera e inquieta como las golondrinas que sobrevuelan las azoteas de Córdoba, llenó hasta el borde la copita de moscatel del viejo Ghurab, que sonrió con gratitud cuando la muchacha se retiraba y rasgueó suavemente las cuerdas del laúd, de manera que nadie le oyese decir: «as salamu alaykum», casi como si suspirara. Abu Ghurab era viejo, muy viejo, y las pupilas se le estaban marchitando. Cuando tocada, sin embargo, sus dedos tenían el nervio arrogante y la refinada elegancia de los caballos de sangre andaluza. Acariciaba las cuerdas con la despaciosa cadencia de las elegías del ciego al Tutili, y quien lo escuchaba creía estar viendo los palacios y las almunias de Medina Azahara, los viñedos, las palmeras, los arriates de amapolas, antes de que los jinetes berberiscos sitiaran la ciudad y la saquearan, y dieran sus restos al fuego. Pasó por su lado un criado, que arrojó una brazada de leña seca dentro de la chimenea, pero él no se dio cuenta. Miraba hacia el techo, que apenas veía. Pellizcaba las cuerdas con la yema de los dedos y pensaba en una cúpula estrellada de lapislázuli y oro. Pensó en una araña, en los ocho ángeles de alas tornasoladas que sostienen sobre los hombros el trono de Dios, y cantaba:

 

Hermosa era la llama, y breve,

como todo lo que es hermoso;

pues todo lo que es hermoso

tiene su momento, y pasa.

 

–Pensad, mi señora, en todo caso…

El cardenal se calló, se aclaró la garganta. Buscaba la torre con insistencia. La tenía delante mismo de las narices, y aun así le costó encontrarla. «Es la economía, mi señor don Pedro –le había dicho la reina, haciendo caso omiso de todos sus argumentos–, y la flaqueza que acarrean los caudales de Castilla desde que hay guerra con Granada». Ahora ella le miraba y sonreía, y jugueteaba con un racimo de zarzamoras. «Lo que hace que el empeño de vuestro navegante siga en el dique seco no es otra cosa que su elevado coste, tanto en hombres y bastimentos como en simples dineros». El cardenal levantó una pieza, el alfil, con cierta torpeza. Le estuvo dando vueltas entre los dedos, hasta que se cansó y lo dejó donde estaba.

–Pensad, ¡ejm!, mi señora, en lo poco que se aventura si don Cristóbal anda errado, un puñado de maravedíes, unos miles, poco más. –Bebió vino, un sorbo, otro, un largo trago, que nunca le supo tanto a nada–. Y pensad por el contrario en todo lo que se aprovecha si la Providencia del Señor… ¡ejm!

Cogió el alfil de nuevo y, con la pieza en vilo, habló de ganancias de tierras, de seda y especias. Don Pedro traía la lección bien aprendida, e hizo alarde de sus dotes para la retórica. Habló sobre la fama y el señorío de doña Isabel, que aventajarían a los de su propio abuelo, el rey Enrique, cuyos embajadores habían sido recibidos por el poderoso emir de Samarcante. Habló largo y tendido sobre beneficios comerciales y espirituales, aunque no tenía la mente puesta en lo que decía ni sabía a ciencia cierta si atacar, dicho por boca de su sobrino[2], a cureña rasa, o tocar a toda prisa a rebato.

Al estudiar el tablero con detenimiento, la distribución de las piezas y las figuras que conservaba, el cardenal se descubrió atado de pies y manos. Tenía algunos peones libres, no muchos, que podía manejar con cierto desahogo. Había perdido eso sí ambos caballos, el último ahora mismo, y el alfil no sabía dónde dejarlo. Don Pedro se vio a sí mismo en el pellejo de Boabdil, el último sultán granadino, gobernando el ajedrez de la guerra desde lo alto de la Alhambra; y un escalofrío le recorrió la espalda. Ballestas, bombardas, arcabuces, espingardas. Las huestes cristianas asoman por el horizonte, mesnada tras mesnada. No tarda en sentirse el runrún de la caballería, el tumulto, los relinchos, las trompetas. Luego, y cada vez más cerca, el fragor de las espadas. Los cuarteles de Castilla y los pendones de san Jorge se extienden como una mancha de aceite por todo el valle del Darro. ¡Santiago y cierra, España!, se oye gritar entre la puerta de Elvira y la de la Albahaca. Un soldado envuelto en flechas, igual que un alfiletero. Otro, a un lado, abierto en canal de un tajo. La batalla no es una batalla, es una carnicería; aun así, es incapaz de apartar la mirada. Observa a los hidalgos castellanos, cómo danzan y corvetean sobre sus peones marroquíes, cómo los trituran sin esfuerzo aparente, como si no fueran más que pajas y estiércol. Y aquellos enormes bolaños de piedra, de hierro, bañados en brea ardiente, que atruenan por todas partes –es el fin del mundo, masculla amedrentado–, que revientan las murallas, el suelo se estremece, parece que estuviera a punto de rasgarse por las costuras. Y a su alrededor, los baluartes más sólidos caen reducidos a escombros.

–Escuchad, mi señor don Pedro, y prestad atención a mis palabras. –La voz de la reina lo sacó abruptamente de sus cavilaciones–. No está en mi mano conocer los designios del rey, y tampoco voy a prometeros nada que después no pueda cumplirse; pero hacedme caso, y enviad a micer Cristóbal a las cortes de Santa Fe pasado el mes entrante. Habrá allí nobles y ricoshombres. Despacharemos ampliamente con don Luis de Santángel, que sabe de cifras y de caudales, y él nos dirá lo que puede hacerse.

El cardenal guardaba silencio. Hizo mención de responder, pero no acertaba a enhebrar el hilo de sus pensamientos. Se sentía estúpido, desarbolado y estúpido, y le dio por pensar en la liebre de la conseja, aquella liebre holgazana a la que una tortuga le da sopas con honda. Don Pedro miraba a la reina, esbozaba una mueca de circunstancias y volvía a mirar el tablero. Contaba las piezas, las suyas, las blancas, las que había ganado; volvía a contarlas, como si no terminara de comprender la naturaleza del juego ni los férreos engranajes que lo articulaban; y se hacía cruces, incrédulo todavía, aunque pronto ya a la carcajada –apuró la copa de un trago–, porque estaban a punto de darle jaque, y sólo ahora se percataba.

Anochecía. El campanario de santa María de la Fuente desgranaba con unción y mansedumbre la llamada al recogimiento.

–Es tarde –musitó la reina.

Era la hora del ángelus.

Se levantó con un frufrú de telas casi imperceptible, y a continuación lo hicieron sus dueñas. Una luz gris y pálida se colaba en la cámara a través de los ventanucos. Sobre la mesa, la sombra de la dama blanca dominaba el tablero con suficiencia. La custodiaba un caballo aquí, un peón allá; en la esquina contraria, apartado y solo, yacía el rey derrotado. Doña Isabel se despidió con la cortesía que acostumbraba:

–Los alcauciles estaban muy tiernos, la sobremesa ha sido amenísima, y qué decir de este vino vuestro, que tiene un gusto tan suave. Y si hablamos de los trebejos, en mi vida conocí a varón alguno que se dejara sobrepujar por una dama con tanto donaire como su Eminencia. –Y un mohín de ironía perfilaba sus labios cuando añadió, justo antes de marcharse–: Excepto quizás mi marido.

 

 

Domingo Alberto Martínez


[1]  Don Pedro González de Mendoza (ca. 1340-1385), señor de Hita y Buitrago, mayordomo mayor del rey y capitán general de los ejércitos de Castilla. Cuenta la crónica del canciller Ayala que en los campos de Aljubarrota, entre las villas portuguesas de Leiria y Alcobaça, y habiendo perdido el rey su caballo, don Pedro le cedió su montura para que huyese y no fuera hecho prisionero, mientras él se quedaba a pie firme cubriendo la retirada.

[2]  Don Íñigo López de Mendoza (1442?-1515), conde de Tendilla y marqués de la villa de Mondéjar. Reputado militar y diplomático al servicio del rey Fernando. En la Roma del papa Inocencio demostró ingenio y mano izquierda en el ejercicio de su cargo –consiguió el reconocimiento de los hijos naturales de su tío, el cardenal Mendoza, así como un segundo jubileo para el convento de santa Ana de Tendilla–. Tras volver de Italia, participó en la guerra de Granada, donde se distinguiría por su habilidad en el arte de las emboscadas y los repliegues rápidos.

 

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