El bálsamo de Fierabrás

Año 775. Carlomagno es rey de los lombardos y los francos, pero su atención está puesta más allá de la conquista de la Italia meridional. Su corte en Sajonia está centrada en las demandas sobre la regencia en Benevento y Salerno, que atiende el flamante Papa Adriano I. Dos años atrás, el futuro emperador cruzó los Alpes hasta sitiar a los lombardos en Pavía, y sigue ceñido en obtener la Corona Férrea, la lámina forjada con uno de los cuatro hierros de la Vera Cruz, la diadema labrada con uno de los clavos de Jesús. Esta, dicen, destinará a su merecedor poseedor a reinar sobre la cristiandad: la lució el emperador Constantino desde el 337, luego el Papa Gregorio y San Ambrosio de Milán, también Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos e Italia y Francia ya en el siglo V, para después caer en posesión de los lombardos hasta que Carlomagno la demandó. Él se considera digno.

Carlomagno quiere para sí esas reliquias: no le importa el saqueo y la destrucción, las razzias de muerte que atraviesa y va dejando atrás le son ajenas. Sus huestes llegan al delta del Ebro y cabalgan por tierra hasta lo que ahora es La Rioja. Alcanzan al Emir cuando justo cruza el puente de Mantible entre El Cortijo y la alavesa Assa, y un hijo de este, «el enorme Fierabrás», sale en su defensa: enfrentado al monarca, desafía sobre el puente, uno a uno, a los que luego serán los doce paladines del futuro emperador.

Para la posteridad y en los cantares de gesta del ciclo carolingio, serán héroes y legendarios guardianes del rey. Pero de estos doce pares leales de Carlomagno, incluido su sobrino Roldán, once declinaron el combate ejemplar. Tan solo Olivier (el Caballero Oliveros, en castellano), en ese momento nada más que un escudero que se cree herido de muerte tras una escaramuza, acepta defender el honor de la corona.

Oliveros pues, acepta enfrentarse en singularidad con el descomunal hijo del Emir. Fierabrás es una masa gigantesca, fuerte, apabullante e instruido en todas las artes; Oliveros es el escudero de Roldán que prefiere morir combatiendo antes que ulcerado sobre una estera de paja. Mas vence al imposible. Horas combatiendo con la espada en mano, el ratón esquiva sablazo a sablazo al gigante hasta desfallecerlo. Se cortan, se patean, se pisan las cabezas contra el fango. La fatiga les lleva a desprenderse de escudos y brazaletes, pues las manos pesan, y se encuentran en el respeto. Cuando el agotado sarraceno, en un descuido, ofrece el cuello descubierto a la espada de Oliveros, este declina ejecutarle. Fierabrás, dice la leyenda, se conmoverá al serle perdonada la vida, y razonando por la misericordia terminará convirtiéndose al cristianismo. La tradición sarracena mandaba que, salvada una vida, tendría que servir con el rescatador hasta poder devolverle el favor. Eran tiempos de honor.

Entretanto, el puente de Mantible es asediado, pues da paso a la fortaleza de Balán, donde custodia las reliquias. A lo largo de semanas, cinco paladines, cinco pares, son capturados por el musulmán. Carlomagno ansía los tesoros, está convencido de que son objetos conductores de un poder divino, sobrehumano, y que una vez en sus manos catalizará sobre él una fuerza superior. Desesperado, envía a brazos del enemigo al resto de sus manos, sus paladines, sus oficiales de palacio, todos sus generales, sus últimas siete amistades. Sin éxito.

Su sobrino Roldán más los caballeros Rhobar, Gérin, Gérier, Bérengier, Ottom, Engelier, Samson, Cecil, Girard, Anséis, Ivore e Ivon están capturados, tras ser derrotados junto a varios nobles más. Si aún no estaban muertos era porque los sarracenos esperaban un gran rescate, valían más en una celda que en la tierra, mas se les permitía vivir en el patio de armas bajo promesa de no intentar huir. Es decir, hacían vida casi normal, a condición de no traspasar los límites de la fortaleza. Evidentemente eran maltratados, mal alimentados y despreciados, pero vivían. Ya dije que eran otros tiempos, sí, de honra y promesa.

Y entonces ocurrió contra costumbre, cultura y religión, que Floripes, hermana de Fierabrás e hija del emir Balán, se enamoró del noble preso Guy de Borgoña: no sin riesgo, consigue que uno de los caballeros se escabulla de la fortaleza disfrazado de mujer hasta llegar al campamento de Carlomagno, para dar informe de la situación, las defensas y las guardias de la plaza. Entretanto, Floripes reúne armas, que oculta, para que en el momento dado los pares inicien la revuelta a las puertas y franqueen el paso al ejército.

Las fuerzas de Carlomagno llegan al puente de Mantible, defendido por el «espantoso y descomunal gigante Galafré», hermano temido de Fierabrás. Si este era grande, Galafré a su lado era una montaña. Al frente de la milicia, combaten codo con codo Fierabrás y Oliveros, que consiguen derrotar al gigantón, superar el puente y entrar al castillo cuyas puertas ya habían abierto Floripes y los caballeros.

El Emir Balán entrega el sitio: Carlomagno le ofrece, como a su hijo, convertirse al cristianismo y salvar la vida, pero este se niega tres veces al bautismo. Será decapitado. Guy de Borgoña desposará a la conversa Floripes, y el territorio será entregado al gobierno de Fierabrás. Las reliquias viajarán con el matrimonio a Saint-Denis, excepto un pequeño barril con algo del aceite con que María ungiera los pies de Cristo.

Este aceite, llamado «bálsamo de Fierabrás», será recordado siglos más tarde en la obra de Cervantes, cuando Don Quijote afirma ante Sancho Panza conocer la receta de un mejunje que le restaurará de las heridas tras una paliza recibida. El hidalgo será sanado, mas al escudero le provocará una cagalera de varios días porque, según Quijote, él no era caballero andante. También Calderón de la Barca, en 1630, escribirá una comedia caballeresca basándose en estos hechos titulada La Puente de Mantible, recogidos antes en el segundo libro de El emperador Carlomagno y los doce pares de Francia, impreso en Sevilla en 1521.

Tres años más tarde de estos hechos, las fuerzas carolingias huirán a Francia a través de los Pirineos tras saquear Pamplona: perseguidos por los vascones, tendrán una escaramuza en los llanos de Burguete y Roncesvalles. El conde Roldán y el caballero Oliveros defenderán la retaguardia, y basándose en esta historia el monje Turold escribirá la célebre Chanson de Roland, ya en el siglo XI. Pero antes, tan ficticia o tan real como esta de Roldán, tuvo lugar la gesta de Fierabrás. ¿Acaso no merecería una canción?

Daniel García Valdés

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No HTML tags allowed.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.