El sueño americano y Stephen King

La nieve aún envuelve Maine como un gran abrazo maternal. A diferencia de en Nueva York, donde el sucio caos la corrompe deprisa, convirtiéndola en barro, la nieve en Maine parece estar cómoda: descansa tendida sobre los tejados de las casas victorianas y se desprende a puñados, en leves crujidos, desde el ramaje de los árboles.

Y no es que Bangor sea una localidad especialmente bonita. Esta placidez emana sobre todo de sus habitantes, que dan la impresión de pertenecer a la misma familia. Una familia de individuos corpulentos y de mejillas rosadas. Personas que detienen el coche para dejarte cruzar aunque no haya paso de zebra y que presumen de no haber cerrado jamás con llave la puerta de sus casas. Técnicamente, uno puede entrar en cualquier cocina del norte de Maine a servirse un vaso de whisky a cualquier hora del día o de la noche.

Incluso el vecino más ilustre de Bangor se funde anónimo en este universo aparentemente cristalino y sin dobleces. La siguiente anécdota se la escuché contar a Stuart Tinker, antiguo librero y amigo de Stephen King desde hace 45 años; también, uno de los mayores expertos en la vida y obra del escritor.Cuando Stephen King era ya el consagrado “rey del terror” de Estados Unidos, empezó a ir a leer cuentos por las noches a los niños ingresados en el Eastern Maine Hospital, con una condición: las lecturas se harían en secreto. Nadie debía saberlo a excepción de la dirección de Pediatría; ni siquiera el personal sanitario. Si alguna enfermera se cruzaba con Stephen King por los pasillos del hospital, se decía que este iba a visitar a algún conocido.

El autor de 56 novelas y 200 relatos cortos estuvo leyendo cuentos a los pacientes infantiles, en secreto, durante tres años y medio. En el curso de sus visitas, King se dio cuenta de que el ala de pediatría era un lugar desangelado y triste, poco adecuado para un niño. Así que se se dirigió a la jefatura del hospital y propuso organizar una colecta para remodelar aquella parte del edificio. Una vez cerrada la recaudación, él y su mujer, la también escritora Tabitha King, aportarían de su bolsillouna cantidad idéntica a la recaudada. Cuarenta o cincuenta mil dólares bastarían para habilitar una sala de juegos, comprar algunos juguetes y repintar aquello con un poco de alegría.

El hospital recaudó casi veinte millones de dólares. Y los King, fieles a su promesa, aportaron exactamente esa cantidad. Con esta cifra remodelar el ala de pediatría ya no tenía sentido. En lugar de ello, el hospital construyó un edificio totalmente nuevo y equipado. Artistas locales aportaron ideas y las paredes se cubrieron de colores vivos y personajes de cómic. El hospital ofreció a los King cortar la cinta roja el día de la inauguración. Estos aceptaron, con una condición: el nuevo edificio de pediatría no llevaría su nombre, como se había sugerido, sino el de uno de los niños que había estado allí ingresado.

La anécdota de Stuart Tinker no ha sido independientemente corroborada y sin duda este viejo librero es radicalmente parcial a favor de su paisano Steve, pero la historia encaja con el testimonio de otros vecinos. El propio Tinker, que conoció a Stephen King cuando este era un profesor de instituto que vivía en un miserable tráiler con su mujer y su hija enferma, ahogado de facturas médicas, debe al escritor la viabilidad de su antigua librería. King celebró allí varias firmas de libros para echar una mano. “Si sobrevivimos los primeros cinco años fue exclusivamente gracias a él”, recuerda Tinker.

El escritor que ha retratado las pesadillas más íntimas de la clase media americana, ese payaso psicópata que secuestra a niños en parques solitarios, el hombre que pierde la cabeza y trata de asesinar a su familia, el patito feo que se venga quemando vivos a sus compañeros de instituto... Ha demostrado ser el primer defensor de esta armonía de anuncio.

La fortuna de los King ha fluido desde hace décadas a todo tipo de instituciones educativas, sanitarias, culturales y medioambientales de Maine. Filantrópicamente no han dejado títere con cabeza. Su dinero ha caído en universidades varias, colegios, institutos, librerías públicas, hospitales, clínicas de salud mental, orquestas sinfónicas, compañías de ballet, agencias de conservación de ríos y bosques, un parque acuático... Sólo en 2013, el matrimonio donó dinero a 26 departamentos de bomberos en todo el estado.

A pesar de ello, el nombre de Stephen King no se ve en ningún lugar de Bangor, con la única excepción de una emisora de rock local que también financia y donde durante una época llevó un programa de cultura.

 

Argemino Barro

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